2 de febrero de 1592. Muerte de la Princesa en prisión. La relación entre la Princesa de Éboli (Ana de Mendoza de la Cerda) y Don Juan de Austria se convirtió en un factor crucial en la caída y encarcelamiento de la Princesa, debido a una intriga política y un asesinato. Aquí están los puntos clave de su relación:
1. Vínculo a través de Juan de Escobedo: Don Juan de Austria era el hermanastro de Felipe II y el famoso comandante victorioso en la Batalla de Lepanto. Juan de Escobedo era el secretario personal y de confianza de Don Juan de Austria, especialmente cuando fue nombrado Gobernador de los Países Bajos. En la época previa a la guerra de las Alpujarras D. Juan De Austria frecuentaba la casa de los príncipes Ruy y Ana, donde se forjo una amistad.
2. El Conflicto Central: El Asesinato de Escobedo (1578): La Princesa de Éboli mantuvo una estrecha relación, y posiblemente un romance, con Antonio Pérez, el influyente secretario del rey Felipe II. Juan de Escobedo regresó de Flandes para solicitar más recursos para Don Juan de Austria. Al parecer, descubrió alguna conspiración mezclada con intrigas amorosas entre la Princesa de Éboli y Antonio Pérez. Ante la amenaza de que Escobedo revelara sus secretos al rey Felipe II, Antonio Pérez (con la posible complicidad de la Princesa de Éboli) convenció al Rey de que Escobedo estaba conspirando contra la Corona, por lo que Felipe II autorizó su asesinato.
3. Consecuencia para la Princesa de Éboli: El asesinato de Escobedo, el secretario de Don Juan de Austria, fue el detonante. Cuando el crimen se hizo público, Felipe II usó a Antonio Pérez y a la Princesa de Éboli como chivos expiatorios para desviar la atención de su propia implicación en la autorización del asesinato. La Princesa de Éboli fue acusada de conspiración y se decretó su encarcelamiento, primero en la Torre de Pinto y luego en su propio palacio de Pastrana, donde murió presa años después.
Los historiadores de nuestra época han ido rectificando la visión novelesca y estereotipada de la princesa de Éboli, si bien todavía no se ha escrito la biografía crítica y de criterio moderno que el personaje sin duda merece. Es curioso cómo, pese a sus esfuerzos de imparcialidad, muchos de estos autores han seguido partiendo de la leyenda de los amores regios, aderezándola incluso con algunos prejuicios antifemeninos. Por ejemplo, Antonio Marañón, el autor que más largamente ha discutido el caso (apoyándose en la biografía de Muro de 1878), titulaba el capítulo dedicado a doña Ana de la Cerda «La mujer fatal», y se lanzaba a disquisiciones sobre psicología femenina y las manías de la «alocada señora», lo que quizá le impidió llegar a conclusiones precisas sobre el papel de doña Ana en el affaire Escobedo.
El trasfondo del crimen de Escobedo y del encierro de la princesa. Las posturas políticas de la princesa de Éboli, una aristócrata liberal.
Como miembro del clan de los Mendoza, la princesa de Éboli se educó en la convicción de que le correspondía por nacimiento una preeminencia social única. Además, su madre, Catalina de la Silva, también aristócrata y de origen portugués, resultó ser una mujer de carácter y muy cultivada, al igual que su tía paterna María de Mendoza, con quien también pasó la infancia y adolescencia. Con ellas aprendió a moverse en el selecto ambiente de los palacios familiares y en la corte real.
Como dama de honor de la princesa Juana de Austria y luego de Isabel de Valois, la tercera esposa de Felipe II, adquirió un rango social y político que le permitía cartearse con la misma reina de Francia, Catalina de Médicis, madre de Isabel. Gracias a su matrimonio con Ruy Gómez, hombre de confianza de Felipe II, tomó contacto con los asuntos políticos, en los que su familia creía tener derecho a intervenir casi en pie de igualdad con el soberano.
Es el trasfondo de un linaje inmensamente rico e influyente y a la vez orgulloso de su poder lo que en gran medida explica la conducta de doña Ana de la Cerda, mucho más, desde luego, que su condición de «mujer fatal». Sin que todos los Mendoza formaran un bloque y tuvieran las mismas actitudes, muchos de ellos en el pasado habían alardeado de su independencia frente a la monarquía y habían mantenido posiciones que hoy calificaríamos de «liberales».
Es el caso del conde de Tendilla, que en torno al año 1500 protestaba a la vez por los excesos de la Inquisición y por la persecución de los moriscos. Bajo Felipe II, la aristocracia iba quedando cada vez más domesticada por una monarquía de creciente poder y dominada por juristas y funcionarios y por una ideología de intransigencia religiosa. La princesa de Éboli se negó hasta el final a aceptar esta evolución, del mismo modo que su marido había pugnado por una orientación política conciliadora que quedó en minoría a partir del estallido de la guerra de Flandes.
De forma quizá más instintiva que razonada, doña Ana repudiaba un modelo de monarquía en el que decidía una sola persona a través de consejeros a menudo de origen oscuro, como Vázquez de Leca, el «perro moro» al que culpaba de su prisión, o quizá también Escobedo, que había sido su «escudero» y a quien no podía perdonar que «se meta en lo que hacen los grandes señores».
No sabemos hasta dónde llevó doña Ana esta oposición a la monarquía de Felipe II. Se ha dicho que formó el plan de casar a sus hijos con los pretendientes del reino de Portugal, justo antes de que Felipe II lo anexionara en 1581, lo que explicaría el rencor del rey. Hubiera participado ella o no en el asesinato de Escobedo –muchos estaban convencidos de que así sucedió–, su empecinamiento en no pedir perdón y sufrir la cárcel hasta el final es un último testimonio del talante orgulloso e independiente de la alta aristocracia castellana antes del triunfo completo del absolutismo.
